Cuando abrí por primera vez ese colorido y llamativo software de mercado, sentí como si hubiera entrado en un mundo cibernético lleno de luces y sombras. En la pantalla, innumerables códigos y símbolos desconocidos latían frenéticamente, y el gráfico de velas en rojo y verde, con una postura casi violenta, representaba la cambiante naturaleza de la riqueza en un instante. Mi corazón, parece, también empezó a acelerarse sin poder evitarlo, siguiendo las fluctuaciones de esas curvas.



Antes de esto, mi comprensión del “mundo de las criptomonedas” se limitaba a las historias legendarias que mis amigos contaban, de “enriquecerse de la noche a la mañana” o “perderlo todo”. Era como un mito lejano, lleno de tentación y también de un cierto peligro misterioso. Y ahora, al pulsar el botón de “comprar”, parecía que había obtenido oficialmente el boleto para entrar en este reino desconocido.

La primera sensación fue abrumadora—la cantidad de información era demasiado grande. ¿Qué es DeFi? ¿Qué son los NFT? ¿Y qué significa “tarifa de gas”? Cada nuevo término era como una llave, intentando abrir una puerta hacia un nuevo conocimiento, pero detrás de esa puerta, ¿habría tesoros o trampas? No lo sabía. Leía ávidamente diversos artículos de análisis, me uní a varios grupos, y veía a las personas allí discutir con un “jerga” que no entendía, con entusiasmo. Sentí que era como un niño que acaba de aprender a caminar, siendo empujado a un juego de adultos.

Lo que más me impactó fue su “constante movimiento”. Sin horarios de apertura o cierre, este mercado seguía en ebullición incluso a las tres de la madrugada. Cuando despertaba en la noche, de forma habitual, echaba un vistazo al móvil y descubrí que los números de mis activos habían cambiado silenciosamente. Esa fluctuación interminable producía una especie de mareo extraño, que era a la vez emocionante y desconcertante.

Por supuesto, también estaba ese FOMO (miedo a perderse algo) omnipresente. Al ver a otros mostrar en las redes sociales sus sorprendentes ganancias, o a una “moneda callejera” desconocida multiplicarse por decenas en unas horas, era difícil mantener la calma. Ese pensamiento de “¿he perdido la oportunidad de una era?” se enroscaba como una vid en mi racionalidad.

Ahora, todavía estoy en
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