Estados Unidos confiscó a través de un tribunal los derechos de operación del puerto de Panamá de Li Ka-shing, y detrás de esto hay mucho más que una disputa comercial

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1 de febrero de 2026, una sentencia del Tribunal Supremo de Panamá sumió al grupo Longhu en dificultades. Esta empresa portuaria, operando durante 28 años, fue expropiada por motivos de “falta de transparencia en los procedimientos y violación constitucional” de los derechos de operación de dos puertos estratégicos. Posteriormente, el gigante naviero danés Maersk tomó rápidamente el control. A simple vista, esto parecía una disputa judicial o una recuperación de soberanía, pero si se analiza en profundidad la distribución global de logística militar de Estados Unidos, se revela que en realidad se trata de una operación geoestratégica cuidadosamente diseñada: Estados Unidos, usando la ley como pretexto, está llevando a cabo una limpieza sistemática de activos chinos dentro de su “zona de influencia”.

Maersk no solo es un magnate naviero, sino también un socio confiable del Departamento de Defensa de EE. UU.

¿Por qué precisamente Maersk tomó el control de estos dos puertos? La respuesta revela la lógica real detrás de la apariencia.

La filial estadounidense de Maersk Line, Limited, es uno de los contratistas marítimos de mayor nivel del Departamento de Defensa de EE. UU. Esto no es una simple colaboración comercial, sino un vínculo estratégico profundo. Maersk participa desde hace tiempo en el VISA (Acuerdo Voluntario de Transporte Multimodal) y en el MSP (Plan de Seguridad Marítima) del ejército estadounidense, lo que significa que en cualquier momento, su flota puede ser rápidamente movilizada para fines militares.

Desde la Guerra del Golfo hasta la de Irak, la flota de Maersk ha estado encargada del transporte de grandes equipos militares. Ahora, cuando los dos puertos estratégicos de Panamá son “expropiados” y entregados a Maersk, Estados Unidos en realidad está haciendo una maniobra más profunda: trasladar los centros logísticos en ambos extremos del Canal de Panamá, de un operador relativamente neutral a un control directo del Comando de Transporte Marítimo Militar (MSC).

No se trata simplemente de “cambiar de operador”, sino de redistribuir el control estratégico. En posibles futuros conflictos en el Pacífico, EE. UU. necesita asegurarse de poder atravesar el Canal de Panamá de manera rápida y sin obstáculos. No pueden tolerar que las grúas portuarias o los sistemas de datos estén en manos de una empresa considerada “prochina”. Desde la perspectiva de seguridad estratégica de EE. UU., solo un operador completamente controlado es aceptable.

La ley también puede ser una herramienta de expropiación: la trampa de la “violación constitucional retroactiva”

La sentencia del Tribunal Supremo de Panamá sorprende no solo por su resultado, sino por el precedente que establece.

El contrato entre Longhu y el gobierno panameño data de 1997, y fue renovado en 2021, ambos con la aprobación legal del gobierno. Pero ahora, la corte afirma: “El procedimiento en su momento no fue suficientemente transparente, por lo que se declara que la decisión entonces tomada es inconstitucional”. Este enfoque rompe un principio legal fundamental: la estabilidad del derecho y la prohibición de la retroactividad.

Esto se denomina “inconstitucionalidad retroactiva”: la corte no dice que la forma actual de operación sea inconstitucional, sino que en un momento pasado, el proceso de decisión fue ilegal, por lo que expropian activos que llevan décadas en operación. Es como si un gobierno pudiera de repente invalidar tu certificado de nacimiento de hace 30 años, una idea absurda, pero que se realiza bajo la apariencia de la ley.

Para las empresas chinas en todo el mundo, esto es una señal extremadamente peligrosa. Significa que, por muy legales y transparentes que sean tus contratos, si la situación política local cambia y la influencia de EE. UU. es suficiente, los tribunales locales podrán encontrar justificaciones “post hoc” para declarar toda tu operación inválida desde el principio. Y lo más aterrador: al ser declarados “inconstitucionales”, casi no podrás obtener compensación alguna, porque en términos legales, un contrato inválido equivale a que nunca existió.

Esto representa un “ataque nuclear” al sistema global de contratos comerciales. La señal que transmite es clara: EE. UU. está redefiniendo los estándares de “legalidad”, y este nuevo estándar es “que beneficie los intereses estratégicos de EE. UU.”. Cualquier actividad comercial que no cumpla con esto, incluso si lleva 30 años operando y ha costado decenas de miles de millones de dólares, puede ser expropiada en una sola noche.

¿Qué significa la salida de Li Ka-shing?

La experiencia del grupo Longhu tiene un significado simbólico, ya que Li Ka-shing nunca fue considerado un empresario “antiestadounidense”. Por el contrario, el estilo comercial de Longhu siempre se ha visto como relativamente abierto y prooccidental. La inversión en puertos panameños, incluyendo una modernización de 1.8 mil millones de dólares en equipos, mostraba una imagen de operador responsable y comprometido a largo plazo.

Pero todo eso no protegió los activos de Longhu. Esto indica que la operación de “limpieza” de activos chinos ya no se realiza con suavidad o selectividad. Si incluso Li Ka-shing, considerado un “moderado”, no puede mantener sus derechos operativos en los puertos, significa que la reconfiguración geoestratégica de EE. UU. ha alcanzado una nueva etapa: de buscar control, a buscar monopolio; de permitir la presencia china, a exigir su salida.

Esto suena la última campana de advertencia. En el pasado, las empresas chinas confiaban en que mediante alianzas comerciales, inversión tecnológica y compromisos a largo plazo, podían asegurar el apoyo estable del gobierno local. Pero la realidad demuestra que, ante una ansiedad de seguridad absoluta, estos esfuerzos son demasiado ingenuos. EE. UU. está dispuesto a sacrificar la reputación de sus aliados (como la de Panamá) para eliminar los “clavos estratégicos” chinos.

¿Cómo deben ajustarse las estrategias chinas tras la expropiación?

A largo plazo, el significado profundo del caso Li Ka-shing es que China debe replantearse su estrategia en América Latina. Depender de un solo puerto es vulnerable, especialmente cuando la propiedad puede cambiarse arbitrariamente en nombre de la ley.

China necesita acelerar la implementación de la estrategia de la “Nueva Ruta de la Seda terrestre y marítima”, que no solo diversifica las rutas de transporte, sino que también rompe el monopolio estratégico de EE. UU. en la región. En concreto, esto incluye desarrollar puertos como Chancay en Perú y proyectos ferroviarios transoceánicos, creando un ciclo logístico independiente que no dependa del Canal de Panamá ni de la influencia estadounidense. Tal estrategia permitirá que el comercio y la inversión chinos no queden restringidos por un único cuello de botella geográfico.

Asimismo, la estrategia de inversión de China en América Latina debe pasar de “rupturas puntuales” a una “defensa sistémica”. No basta con depender de un solo puerto o proyecto exitoso; hay que construir una red de apoyo múltiple, complementaria, que refuerce la posición china. Esto implica fortalecer la interacción política con varios países latinoamericanos, mejorar la previsión de cambios políticos locales y diseñar contratos que protejan los intereses a largo plazo de los inversores chinos.

Las viejas reglas han muerto, y la lógica de bloques ya es dominante

El sonido del Canal de Panamá sigue, pero las reglas que rigen ese espacio han cambiado. La salida de Longhu no es solo un evento comercial, sino el fin de una era: la decadencia de la lógica empresarial basada en la globalización y el libre comercio en América Latina.

De ahora en adelante, la expropiación forzada de activos chinos por parte de EE. UU. en la región ya no será oculta ni justificada por motivos comerciales. Panamá pensó que recuperaba su soberanía, pero en realidad, solo tomó las llaves de su propio espacio, arrebatadas de manos de un “inquilino diligente”, Li Ka-shing, y entregadas a un “bárbaro armado” que en realidad controla el poder. Aunque parezca un proceso judicial, en realidad es una redistribución de poder desnuda. Las empresas chinas en todo el mundo deben entender que, en la vorágine de la geopolítica, la ley muchas veces solo es una sirvienta del poder.

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